jueves, 7 de diciembre de 2017

Quemar la nave

El día o la noche en que por fin lleguemos
habrá que quemar las naves
pero antes habremos metido en ellas
nuestra arrogancia masoquista
nuestros escrúpulos blandengues
nuestros menosprecios por sutiles que sean
nuestra capacidad de ser menospreciados
nuestra falsa modestia y la dulce homilía
de la autoconmiseración
y no sólo eso
también habrá en las naves a quemar
hipopótamos de wall street
pingüinos de la otan
cocodrilos del vaticano
cisnes de buckingham palace
murciélagos de el pardo
y otros materiales inflamables
el día o la noche en que por fin lleguemos
habrá sin duda que quemar las naves
así nadie trendrá riesgo ni tentación de volver
es bueno que se sepa desde ahora
que no habrá posibilidad de remar nocturnamente
hasta otra orilla que no sea la nuestra
ya que será abolida para siempre
la libertad de preferir lo injusto
y en ese solo aspecto
seremos más sectarios que dios padre
no obstante como nadie podrá negar
que aquel mundo arduamente derrotado
tuvo alguna vez rasgos dignos de mención
por no decir notables
habrá de todos modos un museo de nostalgias
donde se mostrará a las nuevas generaciones
cómo eran París el whiski Claudia Cardinale



Mario Benedetti

sábado, 2 de diciembre de 2017

Las enseñanzas del maishtro Bertoldo

Por Víctor Casaus

Con ese título comenzaremos a publicar, en el boletín MEMORIA que distribuye por correo electrónico el Centro Pablo al final de cada mes, uno o varios poemas del maishtro Bertolt Brecht. Lo de maishtro es un guiño/homenaje a otro poeta querido, Roque Dalton, que lo llama así en algunos de sus textos, y de cuyas enseñanzas también, en su momento, se alimentó.

Hace muy pocos días reconstruía, en una conversación teléfónica con una amiga reciente, aquel brevísimo poema de Brecht:

DEBILIDADES

Tú no tenías ninguna.
Yo tenía una:
amaba.

Y quizás por eso, y por revivir en el diálogo mencionado la “Lista de las preferencias de Orge”, y por la mención que hace Silvio en todos sus conciertos de esos “imprescindibles” que hacen posible la maravilla de llevar la (buena) música a las puertas de las gentes que viven, sobre todo, en los barrios modestos o menos favorecidos, como también se les llama, es que terminé de comprender que al boletín del Centro Pablo (y a sus lectores/as sobre todo) nos venían muy bien, además de la sección ya existente (“Poesía necesaria”), estas enseñanzas del maishtro Bertoldo que ya se avecinan.

Comparto aquí ahora este poema bello y útil, que dará inicio a esa nueva sección del Memoria. Encontré esta versión castellana en una búsqueda urgente en internet a la 1 y 43 de la madrugada. Intenté encontrar mi propia versión del poema, incluido en la antología que preparé, con traducciones del alemán hechas por mi amiga Olimpia Sigarroa, en 1970 y tanto. Eran tiempos difíciles. “También se cantará sobre los tiempos sombríos” había dejado dicho, en otro poema memorable, el maishtro Bertoldo.

Yo vivía entonces en 23 casi esquina a 24, en el apartamento al que Silvio me había invitado, cumpliendo un pacto de jóvenes caballeros que habíamos hecho: el primero que tenga casa invitará al otro. Yo vivía con mi madre en un solar de la calle Enna, en Luyanó: una sola cuadra delimitada por el paredón de la Quinta Gallega. Silvio vivía con Argelia, Rolando, Mary y Anabel en el apartamento de Gervasio, dormía en una especie de breve buhardilla, precursora quizás de las barbacoas que alcanzarían su esplendor en décadas siguientes, y componía o trabajaba sus canciones, algunas veces, en el baño del apartamento.

De ahí del segundo piso de la calle 23 yo iba caminando a la casa de Olimpia, que quedaba a dos cuadras, a recibir sus traducciones directas de la poesía del maishtro y a cotejar las versiones finales que iba terminando. A veces pasaban corriendo por la sala Pepe o  Claudia, que todavía, por supuesto, no eran jefe de diseño de la Casa de las Américas ni esposa del trovador Gerardo Alfonso, respectivamente, o llegaba del trabajo Carlos, el esposo de Olimpia. Terminé de armar la antología brechtiana viviendo ya en la comunidad de Jibacoa, donde pasé casi dos años haciendo trabajo cultural con mi familia (Alquimia y Abel), y tuvo su primera edición en 1976, cuando comenzaron a amainar los tiempos difíciles. Después tuvo una segunda edición, en la editorial Arte y Literatura, ya en el año, más tranquilo, de 2007.

Pero nadie –ni yo mismo– parece que ha subido el texto de nuestra antología a la red, de modo que echo mano a esta versión del poema, que difiere en varias cosas, como es previsible, de la nuestra: traduttore traditore (“La mayoría de los traductores conocen la expresión “traduttoretraditore” que significa “traductor: traidor” y tienen sus propias experiencias ...”, me sopla Google al oído).

Para nosotros se llamó “Elogio de la duda”, y no contiene “os” o “vuestras” o “saludéis”. Pero eso es lo de menos. Lo fundamental es lo que dice y cómo lo dice. Aquí va.
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ELOGIO DE LA DUDA

¡Alabada sea la duda! ¡Les aconsejo que saluden
calurosamente y con más respeto al que
ve en las palabras de ustedes un centavo falso!
Yo quisiera que fueran ustedes perspicaces y que
no dieran demasiado fácilmente su palabra.

Lean la historia y vean
en loca huida a los invencibles ejércitos.
Por dondequiera
son atacadas las fortalezas inexpugnables y
los barcos de la Armada, innumerables al zarpar,
pueden ser contados fácilmente
después de la retirada.

Así un día un hombre alcanzó la cima de la montaña
inaccesible
y un barco llegó al final
del infinito mar.

¡Oh bella negación con la cabeza
frente a la verdad indiscutible!
¡Oh cura heroica del médico
al enfermo dado por perdido!

¡La más bella de las dudas, sin embargo,
es cuando los débiles indecisos levantan la cabeza y
no creen ya más
en la fuerza de sus opresores!
¡Oh cuánto se luchó por establecer este principio!

¡Cuántas víctimas costó!
¡Qué difícil fue ver
de qué forma eran realmente las cosas!
Suspirando aliviado lo escribió un hombre un día en el
libro del saber.
Quizás lleva allí dentro largo tiempo y muchas
generaciones
aún vivan con él y lo vean como una eterna verdad
y los sabios detesten a quien no lo conozca.
Y entonces puede suceder que surja una sospecha, pues
            nuevos conocimientos
ponen siempre un principio en discusión. La duda surge.
Y otro día un hombre tacha en el libro de la ciencia
desconfiando de lo establecido.

Atropellado por los comandos, examinada
su aptitud por médicos barbudos, inspeccionado
por seres resplandecientes con condecoraciones doradas,
            prevenido
por curas solemnes que le golpean los oídos con el libro
            escrito por Dios mismo,
enseñado
por maestros impacientes, está el pobre y oye
que su mundo es el mejor de los mundos y que el hueco
en el techo de su habitación fue planificado por el
            propio Dios.
Verdaderamente, le resulta difícil
dudar de este mundo.
Sudoroso se agacha el hombre que construye la casa en
            la que no va a vivir.
Pero también sudoroso se mata trabajando el hombre
            que construye su propia casa.
Esos son los que no tienen reparos, los que jamás dudan.
Su digestión es espléndida, su juicio infalible.
No creen en los hechos, solo creen en sí mismos. En
            caso de necesidad,
los hechos deben creer en ellos. Su paciencia con ellos mismos
es ilimitada. Escuchan los argumentos
con oídos de espía.

Frente a los que no tienen reparos, los que jamás dudan,
están los que siempre tienen reparos, los que jamás actúan.
Ellos no dudan para llegar a una decisión, sino
para alejarse de una decisión. Utilizan
sus cabezas solo para negar. Con semblante preocupado
advierten contra el agua a los pasajeros de barcos que se hunden.
Bajo el hacha del verdugo
se preguntan si no es él también un hombre.
Comentando en voz baja
que el asunto no ha sido investigado, se van a la cama.
Su actividad consiste en oscilar.
Su frase favorita es: aún no está concluso para sentencia.
¡Por supuesto, si ustedes alaban la duda,
no alaben
esa duda que es desesperación!

¡De qué le sirve poder dudar
a quien no puede decidirse!
Se podrá equivocar
el que se contente con muy pocas razones.
Pero quien necesita demasiadas
permanece en el peligro sin actuar.
¡Tú que eres un dirigente, no olvides
que lo eres porque has dudado de los dirigentes!
¡Permite, por tanto, a los dirigidos
dudar!

Bertolt Brecht

jueves, 30 de noviembre de 2017

30 de noviembre

Por René Rodríguez Rivera

Silvio: ya pasó el 11 de noviembre y se aproxima el 30, dos fechas importantes en mi vida. Esta anécdota la encontré en mi diario de Angola, te la envío por si estimas que vale la pena compartirla. Aunque tiene un enfoque personal, indudablemente, lo de Cabinda es un hecho histórico, pues la llegada de nuestra Unidad impidió que se realizara el segundo ataque y allí estuvimos hasta que llegó un Regimiento por vía marítima a fines de Diciembre, y en Enero partimos para abrir el Frente del Este. Abrazo. René.

Siempre, después de aquellos sucesos, me quedó una culpa, una especie de angustia sorda, por no haber podido participar en el alzamiento del 30 de noviembre de 1956 en Santiago de Cuba, en apoyo al desembarco del Granma, a pesar de haberme preparado como todos, realizando prácticas de tiro en una finca próxima a la carretera que conduce al Santuario del Cobre. La precipitación de los acontecimientos, por la llegada del telegrama famoso que decía “Obra pedida agotada” a la calle San Fermín número 358, donde residía el miembro del movimiento Arturo Duque de Estrada, y disponer solo de 48 horas para preparar la acción, le impidió a los compañeros enviarme el esperado aviso a La Habana, donde me encontraba en aquel momento. Después vinieron otras tareas y avatares que no lograron hacer desaparecer aquel sentimiento y que ahora no vienen al caso. Pero, como “la vida te da sorpresas”, 19 años después empecé a liberarme del remanente de aquella culpa que me asaltaba cuando llegaba la fecha.

Comenzó cuando me vi en el entonces aeropuerto militar de Boyeros, subiendo a un avión IL 18 de fabricación soviética con la ultima parte de mi Compañía Especial de 289 hombres y un pelotón de morteros de 120 milímetros. La otra parte de mi Unidad ya había salido en cuatro vuelos anteriores, con un día de diferencia. Era el 28 de noviembre de 1975 y serían aproximadamente las cuatro de la tarde.

La primera escala la hicimos en Barbados, para reabastecer el aparato, el cual no estaba diseñado para el “salto” que íbamos a dar en el océano atlántico. Uno de los pilotos me dijo que llegaríamos a África con el “ultimo suspiro de combustible”. Hubo amagos de registros, las armas iban en el espacio para el equipaje, en el vientre del avión, incluyendo los morteros y sus proyectiles. El Jefe del pelotón del 120 “metió” tremenda arenga y dijo que había que matarnos a todos para registrar. La sangre no llego´ al rio, porque un sobrecargo bajó del avión, mientras lo reabastecían, y le regaló un estuche de ron Havana-Club, con tres botellas, al jefe de los policías barbadenses del aeropuerto. Después me dijo que eso ya lo había hecho varias veces. Viajábamos vestidos de civil, los uniformes iban en nuestras mochilas junto con las armas.

Tras volar toda la noche, llegamos en horas de la mañana a Guinea Conakri. Reabastecieron el avión, y continuamos viaje hacia el Congo Brazzaville, en total 30 horas de vuelo. Al sobrevolar Brazzaville, ya de noche, vimos elevarse desde el otro lado del rio Congo las luces de un avión a reacción del entonces dictador del Congo Léopoldville (que ya había cambiado su nombre por el de Zaire), Mobutu Sese Seko. Nos vigilaba, le llamaba la atención la llegada de tantos vuelos a Brazzaville y según leí después en un libro, la CIA le había informado ya sobre el movimiento de tropas cubanas hacia el Congo.

Mobutu estaba preparando un segundo ataque a la provincia angolana de Cabinda, con una División Elite de sus tropas. El primer ataque, realizado el 11 de noviembre, precisamente el día de la independencia de Angola, había sido rechazado por los cubanos y angolanos que estaban allí, tras varios días de fuertes combates. Nosotros íbamos para ayudar a rechazar el próximo ataque, éramos el refuerzo.

De Brazzaville fuimos en otro aparato a Punta Negra, en el sur del país. Mas al sur quedaba  la ansiada frontera con Cabinda. Previamente habíamos recogido nuestras armas y mochilas. En Punta Negra nos vestimos de verde olivo, nuestro histórico uniforme. En camiones cruzamos la frontera entre el Congo y Cabinda. Los soldados angolanos de la frontera, muy contentos, nos hacían la señal de la “V” de la victoria con sus manos. Era el amanecer del 30 de noviembre de 1975. La vida lo había querido así, eran mis “causas y azares”.

Al llegar a las edificaciones de un antiguo cuartel portugués, próximo a la capital de Cabinda, que sería nuestro campamento, se me acercó el entonces Comandante Wilfredo Colas Coello (Patifino), santiaguero del reparto Madre Vieja que falleció hace unos meses, entonces  Jefe de la Compañía, y que había llegado en uno de los vuelos anteriores. Me preguntó si todo marchaba bien, le dije que si y agregue: “Comandante, hoy es un gran día para todos los santiagueros”, me respondió: “Sí, y nosotros aquí estamos cumpliendo con ellos, con los que cayeron, y con los que están”.

Desde ese día desapareció mi sentimiento de culpa. Lo que vino después es otra historia. 

sábado, 25 de noviembre de 2017

Hoy, hace 22 años

(De mi Diario) 25 de noviembre 1995:

        Hoy estuvo Fidel en Ojalá. Me avisó Felipe a las cuatro, mientras hacía sobremesa con Giraldo Alayón y Aimeé, su esposa, quienes habían ido a almorzar a casa. Salí corriendo y al poco rato se aparecieron los carros, armando el revolico en la cuadrita minúscula en que estamos. Cuando se bajaba dijo “Buenas”, como se hace en el campo, y luego irguió su estatura y, mirando a todas partes, murmuró: “Vamos a ver los estudios”. 

        Hizo preguntas de todo tipo: para qué servía cada cosa, y puso especial interés en la mesa, cuando se enteró de que allí se transformaban los sonidos. Jurek (Jerzy Belc) le hizo alguna demostración con mi voz, la que sonó primero gorda y luego flaca. Creo que lo que más le maravilló fue enterarse de que existían los sintetizadores y lo que eran capaces de hacer.

        Preguntó cuántos trabajadores teníamos y arqueó las cejas al saber que tan pocos. Se preocupó por si otros, además de los que ya se estaban familiarizando, iban a conocer los secretos de aquella tecnología, nueva en Cuba. Indagó acerca de las técnicas de grabación, hizo bromas sobre posibles inconformes eternos que quisieran repetir una y otra vez, en busca de la perfección. Hubo sonrisas cuando me puse colorado.


         Afuera nos esperaba el barrio, mientras el atardecer nos caía encima. Hubo ovación de despedida.

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Recuerdo que Fidel comentó que en una casa tan pequeña lográramos construir un proyecto de relativa complejidad. Le enseñamos el hueco que hubo que abrir en una pared de la cabina del estudio, para introducir el piano y la mesa de sonido. Aunque Ojalá llevaba ya algunos meses funcionando, por aquella visita decidimos dejar el 25 de noviembre como nuestra fecha inaugural. Así que hoy Ojalá está cumpliendo 22 añitos.

Aquel día el Jefe de la Revolución pasó más tiempo del previsto en nuestro centro --iba para una reunión--. Pocos días después supimos que, cuando llegó a donde le esperaban, Fidel preguntó a los presentes: "A ver... ¿quién de ustedes sabe lo que es una multipista?"

Cedalia, Joseíto, Fidel, yo y Felipe
La multipista
Fidel, Núñez y Jurek


domingo, 19 de noviembre de 2017

Escaramujo

¿Por qué la tierra es mi casa?
¿Por qué la noche es oscura?
¿Por qué la luna es blancura
que engorda como adelgaza?
¿Por qué una estrella se enlaza
con otra, como un dibujo?
Y ¿por qué el escaramujo
es de la rosa y del mar?
Yo vivo de preguntar,
saber no puede ser lujo.

El agua hirviente en puchero
suelta un ánima que sube
a disolverse en la nube
que luego será aguacero.
Niño soy tan preguntero,
tan comilón del acervo,
que marchito si le pierdo
una contesta a mi pecho.
Si saber no es un derecho,
seguro será un izquierdo.

Yo vine para preguntar
flor y reflujo.
Soy de la rosa y de la mar,
como el escaramujo.

                                 Soy aria, endecha, tonada,
soy Mahoma, soy Lao-Tsé,
soy Jesucristo y Yahvéh,
soy la serpiente emplumada,
soy la pupila asombrada
que descubre como apunta,
soy todo lo que se junta
para vivir y soñar,
soy el destino del mar,
soy un niño que pregunta.

Yo vine para preguntar
flor y reflujo.
Soy de la rosa y de la mar,
                                 como el escaramujo.